sábado 21 de marzo de 2009

Las atribuciones personales en el diálogo

Una historia sin personajes es una historia vacía. Tenemos a nuestra disposición un amplio elenco de protagonistas de los que queremos saber sus inquietudes, pensamientos, esperanzas e incluso mezquindades. Con un reparto de personajes mudos se haría muy difícil llevar a cabo tal expresión, si no casi imposible. No es imprescindible en relatos con un claro protagonista (Ej: la obra de H. P. Lovecraft), pero sí cuando la ruleta del destino gira en torno a diferentes situaciones y contextos. La historia se resentiría y aparecería desdibujada, sin todos esos matices que la dotan de un realismo y credibilidad que embriagan al ansiado lector.

Vamos, por tanto, a enfocar esta vez una de las características más notoria -y en muchas ocasiones, ignorada- del dialogo: las atribuciones personales.

Cuando un escritor nos cuenta una conversación entre dos de sus personajes, él está viendo en su mente el suceso. Sabe quién es el que pregunta y el que responde, el que se irrita y el que pide disculpas. Pero el lector no lo sabe. Es necesario el uso de la atribución para saber que la pregunta la realizó Marta, y fue Andrés el que se irritó con Fernando. Es menester señalar esto, pues si no la historia sería un caos y daría lugar a ambigüedades innecesarias.

Sin embargo, no se debe abusar de este recurso. Una cosa es ubicar, y otra muy distinta el ser redundante.

Veamos dos ejemplos de este hecho.

Aquí tenemos un fragmento de texto con excesivas atribuciones:

Marcos apenas se podía creer lo que estaba oyendo.
-Pero... ¿Qué dices? ¡Eso no tiene ningún sentido!
-Sí, sí que lo tiene -contestó Luis. Miró a Marcos con desprecio-. Tenemos pruebas que...
-¿Pruebas? -gruñó Marcos- ¡Pruebas! Espero que así sea, porque es una acusación muy grave, Luis...
-No me vas a intimidar... -murmuró éste.
-No necesito hacerlo. -Marcos esbozó una sarcástica sonrisa-. Me basta con demostrar la verdad.
-Te crees muy listo -dijo Luis.
-No -respondió Marcos-. Creo que tengo razón.
-Ya, ya... ¿Quieres las pruebas? -preguntó.
-Quiero las pruebas -dijo Marcos.
-Las tendrás...


Vayamos ahora con una versión más dinámica del mismo texto.

Marcos apenas se podía creer lo que estaba oyendo.
-Pero... ¿Qué dices? ¡Eso no tiene ningún sentido!
-Sí, sí que lo tiene -contestó Luis. Le miró con desprecio-. Tenemos pruebas que...
-¿Pruebas? ¡Pruebas! Espero que así sea, porque es una acusación muy grave, Luis...
-No me vas a intimidar...
-No necesito hacerlo -esbozó una sarcástica sonrisa-. Me basta con demostrar la verdad.
-Te crees muy listo.
-No. Creo que tengo razón.
-Ya, ya... ¿Quieres las pruebas?
-Quiero las pruebas.
-Las tendrás...

Si nos fijamos, el contenido en ambos textos es el mismo (una hipotética acusación desde ambos puntos de vista). Cualquier lector puede leer el segundo ejemplo y sabrá quién es el que está diciendo cada frase. Siendo esto así, ¿qué necesidad hay de dar tantas explicaciones como en el primer fragmento?

El abuso de la atribución vuelve densa la obra, pesada, aburrida. Un(a) lector(a) habitual, esa persona que siempre suele estar leyendo diferentes tipos de obras, recibe la impresión de que se le toma por tonto(a), que el autor se está riendo de él o de ella. O eso, o pensará que el autor no es más que un mero aprendiz que necesita aún de párrafos y párrafos de rodaje.

Si es un autor conocido, la impresión es mucho peor. Mediocridad y claras limitaciones.

Esto no pretende ser un axioma, y para nada se debería prohibir sin miramientos la excesiva atribución en los diálogos. Es una técnica subjetiva a gusto del escritor, no una norma de ortografía. Sin embargo, es cierto que resulta muy antiestético para el texto en sí. No por ello el autor tiene que ser en verdad mediocre, pero sí que denigra lo que puede ser una gran obra en conjunto.

El que sea un detalle a priori tan banal no significa que no influya en la calidad del escrito. Quizá no sea tan importante como un buen argumento y unos personajes realistas y complejos, pero es otro grano de arena más a favor o en contra.

Si la obra es buena, seguirá siéndolo, con o sin estas atribuciones. Pero es muy posible que para muchos lectores exista un "pero", algo que les impida entregarse por completo a la narración.

Sólo un grano de arena, sí. Pero, ¿qué necesidad hay de que exista? ¿Qué cuesta remediarlo?