jueves 7 de mayo de 2009

Los cinco sentidos en la narración

Y a veces incluso los seis, si es menester.


Narrar es describir, es plantear un contexto usualmente ficticio y transmutarlo en una realidad palpable y cercana para el lector. Una buena obra es ésa que consigue identificarse con su público, la que, quizá por unos instantes, hace olvidar al lector que en verdad está asimilando párrafos y párrafos de texto. Él/ella es parte de la historia y no hay nada más que la imagen que el/la autor(a) ha querido transmitir.

Si bien la descripción es un recurso necesario y, por lo general, bien empleado por la mayoría de escritores, en muchas ocasiones no se "explota" o exprime lo suficiente. A veces no basta sólo con decir qué es lo que hay. Es necesario algo más.

Es aquí donde entran los cinco sentidos del ser humano.

Usar las percepciones humanas equivale a que nuestros personajes no sólo atisben la realidad planteada, sino que la sientan, la sufran y padezcan; quizá, la disfruten.

Veamos un ejemplo al respecto:

Imaginemos una historia de terror con fantasmas/espíritus/entelequias varias. El recurso más común suele ser el de la visión periférica ("He creído ver una sombra en esa esquina". "¿Qué ha sido ese reflejo?" "¿Es normal que esta habitación esté tan oscura?"), lo cual es una progresión lógica en la trama, pero no exclusiva. Partiendo de la misma temática base, el personaje de turno puede sentir que hace más frío de lo normal -o quizá su inversa, empezar a sudar copiosamente-, creer oír algo, oler un elemento anómalo (y por favor, que no sea el cliché grotesco del azufre, que ya está muy visto), o incluso... sentir que algo no va bien; un aviso excepcional de su antaño nulo sexto sentido respecto a vicisitudes próximas y de complicada resolución.

Hemos puesto el ejemplo de terror, pero esto puede extrapolarse a cualquier género y temática. En una trama amorosa con infidelidad, el esposo "cornudo" o la mujer despechada no tienen que depender sólo de las evidencias visuales del amante invasor, pueden oler la colonia intrusa, percibir mediante el gusto que la comida preparada en casa sabe peor o está peor hecha (con lo que se evidencia un creciente desinterés de la otra parte en favor del amante), y así muchísimos ejemplos más.

Si nos limitásemos a esbozar la desconfianza del sujeto mediante la vista, estaríamos denigrando una amplia gama de recursos y vertientes para nuestra historia. La estamos seccionando, limitando su resultado final a un empobrecimiento absurdo de acciones y reacciones.

Y lo que es más importante: la estamos alejando del lector. No es una historia tan cercana y real, pues en la vida, queramos o no, funcionamos con los cinco sentidos, y cualquiera de ellos puede actuar en nuestro favor o detrimento en el momento menos indicado.

A fuer de ser sincero, hay que reconocer que dichas orientaciones pecan, si no de obvias e innecesarias, sí de lógicas y de sentido común. Todo el mundo sabe que tenemos unos sentidos inherentes a cualquier sujeto humano, independientemente de su raza, credo, condición sexual, etc. Pero lo que se suele olvidar es de plasmarlo en la obra. Éste no es un asunto baladí, si bien tampoco alcanza la categoría de epopeya.

No es necesario plasmar todos y cada uno de los sentidos en nuestra narración. Esto, además de un malgasto de energías considerable, es un absurdo en toda regla. Nadie dice que un personaje tenga que sentir con todas sus percepciones cada situación, sino simplemente que la sienta, que se acerque -en la medida de lo posible- a lo que en verdad una persona real habría padecido en tal situación. A veces será el sentido auditivo el portavoz de alarma; otras tantas la vista o el olfato. No hay -no debería haber- preponderancia de un sentido frente a otro, siendo un enigma saber cuál de esos perros guardianes invisibles delatarán ese matiz que había pasado otrora desapercibido.

Ésa es la idea. Saber que nuestros sentidos están ahí, y que en cualquier historia pueden surgir y alertar incluso al más despistado. La prudencia y el sentido lógico deben ser los motores para destapar tales acciones involuntarias del sujeto. Siendo de esta forma, el personaje en cuestión no sólo observará la escena, sino que la sentirá, obtendrá todas las variables posibles derivadas en riqueza contextual y desarrollo.

Estará dentro de una ficción cada vez más real. Y el lector lo notará y agradecerá.

2 comentarios:

Raúl Cabrera dijo...

Excelente post Juan.!!

Si existen algunos principios para la narrativa esto deberia de estar incluido. De ahora en adelante lo voy a tener presente.

Juan Miguel Pascual dijo...

Gracias, Raúl. La idea es que, sin llegar a trazar un escenario con lupa, sí que podamos sentir en verdad como si estuvieramos ahí, que sea verosimil.

Un saludo.