Las marcas comerciales no te venden un producto a secas, no te dicen: “Eh, mira, tenemos esto, quizá te interese”. Para nada. Su objetivo principal es hacerte ver que realmente te es necesario, sí o sí, y sería un absurdo error seguir sin él, ya sea un televisor, una lavadora, un coche, o un tratamiento de depilación láser. Cuando uno ve un anuncio en televisión no está viendo algo manufacturado en algún laboratorio o cadena de producción. Está viendo un modo de vida. Es la imágen del triunfador, del hombre de éxito que, gracias a tan maravilloso artilugio, consigue todas sus metas en la vida y se realiza como persona. Es esa mujer joven, atractiva y sin complejos, que gracias a ese vestido o pintalabios no pasa desapercibida al ojo ajeno.
Todo esto no es más que un triste camelo, y más triste aún es que los creativos de marketing consiguen su objetivo: te venden algo que no necesitas.
No hay secciones definidas en el ámbito del consumo. Quien dice coches de gran cilindrada dice teléfonos móviles, televisores, videoconsolas... Nadie niega el poder darse un capricho -o los que quiera, que para eso es su dinero-, pero antes debería mirar si realmente lo necesita. Por desgracia, en muchas ocasiones esos caprichos que tanto anhelamos acaban quedando abandonados en un cajón o, peor aún, sustituidos por otro más moderno en un breve intervalo de tiempo.
Es la gente que cambia de móvil cada año, que compra cada nuevo aparato tecnológico que sale, que tiene esas zapatillas tan caras que al final las usa para jugar al fútbol con los colegas en un parque. Hay una clara diferencia entre tener una vida austera y monasterial, a caer en las redes de casi todos los productos que nos ofrecen.
Lo peor es que el caer en el consumismo nos hace creernos felices, pero a la larga logra su opuesto: nos vuelve dependientes de cada nuevo producto, adictos a la novedad y a la compra. Una persona que compra un coche porque lo necesita para trabajar o en su vida diaria, obtendrá uno que se ajuste a sus necesidades, y nada más. Sin embargo, aquél que lo compre pensando en “lo maravilloso que es su coche”, tarde o temprano volverá a reincidir, porque los nuevos modelos habrán eclipsado al suyo. Da igual que el coche siga cumpliendo su labor -que al fin y al cabo es la de transporte-. Para él ya no le sirve de nada.
El consumismo es una adicción, y por eso hay que tratarla como tal. Uno ve a un alcohólico, a un ludópata o a un obseso sexual, y por su mente cruzan sentimientos desde el rechazo hasta la lástima por su enfermedad. Uno ve, sin embargo, a una persona consumista y no piensa nada, a lo sumo: “cuanto dinero debe de tener para comprarse tantas cosas”. No se ve como algo anómalo porque la televisión -ese ente coaccionador tan amigable- y otros medios de difusión, nos hacen ver que el comprar está bien, que es síntoma de bienestar y riqueza, aunque no necesitemos en absoluto lo que nos venden.
Una vez aceptamos que el consumismo desorbitado es una enfermedad, tenemos que asumir que el enfermo, en primera estancia, va a negar por completo su problema.
A continuación pongo un diálogo ficticio con un consumista acérrimo. Este diálogo está basado en hechos reales
Consumista: Me acabo de comprar este ordenador portátil (dice las características). Me ha costado 1500 euros.
Persona sana: ...No tiene mala pinta, ¿qué le pasó al otro?
Consumista: Nada, es que ya era muy viejo.
Persona sana: ¿Pero iba mal o algo?
Consumista: No no, lo que pasa que ya tenía tres años y como es portátil pues no se le pueden actualizar algunos componentes, ya sabes...
Persona sana: Ahm... lo querías para jugar o algún programa nuevo ¿no?
Consumista: (Se echa a reir) ¡Qué va, si sólo lo uso para las prácticas en la universidad! Lo que pasa que, macho, allí parecía un palurdo, todo el mundo con ordenadores de la hostia y yo con un petardo de hace un par de años. Que voy a ser informático tío, no es plan de ir haciendo el ridículo por ahí.
Persona sana: (resignado) No... supongo que no.
Esto puede parecer exagerado, pero es real como la vida misma. Igual que aquél que compra un ordenador “igual o mejor” que el que tiene su amigo o amiga, simplemente por eso, porque hombre, no va a comprarse uno peor, ¿verdad? Aunque en verdad no necesite tanta tecnología, pero bueno, tiene que aparentar.
En verdad no sé lo que la gente gana con eso -aparte de inflar su ego con frivolidades y dar un paso más en una futura enfermedad-, pero lo cierto es que es la tendencia casi absoluta de la sociedad de hoy día. Aquí el consumismo no discrimina a nadie ni por cuestión de sexo ni de edad: niños, jóvenes, adultos... todos son bienvenidos.
Tengo que repetir la obviedad de antes: el consumismo es una enfermedad, al igual que el tabaco es una droga adictiva aceptada por la sociedad. Está bien gastar ese dinero que tanto nos ha costado conseguir trabajando, pero no debemos permitir que nuestra vida gire en torno a “lo que tengo”, sino a “lo que soy”.
Pasarán los años y la mitad -por no decir una gran mayoría- de los bienes que compraste se habrán quedado obsoletos y olvidados. Nuevos bienes ocuparán sus puestos, y tarde o temprano volverán a ser sustituidos. Fue, es y será una cadena que nunca tiene fin, y que como tal, nos aprisiona y nos hace depender de algo que no nos hace mejores personas, que no nos ayuda a ser felices en la vida.
La felicidad se compone de pequeños detalles, pero estos no se encuentran en la teletienda del empresario de turno. La felicidad empieza por saber vivir conforme a uno mismo, a gusto con los propios ideales, y con esperanza de, cada día que pase, vivir con intensidad cada momento y saber que poco a poco limaremos nuestros fallos y ensalzaremos nuestras virtudes.
Ningún producto de oferta te va a ayudar a quererte. Si sigues con ímpetu el vivir con poco pero intensamente, acabarás viendo que cada vez necesitas menos de lo que la sociedad te ofrece. Serás más independiente, más fuerte y seguro de ti mismo. Más persona y menos rebaño.
Entonces ya apenas tendrás que comprar cosas que no necesites, y podrás decir con la mirada en alto y gesto sonriente pero humilde, que nadie te ha comprado.
Ponle más valor a tu vida, sube el precio hasta que esas empresas que sólo buscan sacar beneficios consideren que no eres un cliente potencial, que no van a poder adquirirte y manejarte. Entonces habrás ganado la batalla que lleva al fin de la guerra.
Tendrás menos dependencias. Y tu bolsillo te lo agradecerá












